Hay que aceptarlo, vivimos en una sociedad de tipo 1984 que utiliza sutiles medios de persuasión para regir nuestros movimientos vitales. El nuevo orden mundial es el sacrificio de cualquier individualidad a la masa, la reivindicación de los derechos de minorias étnicas, culturales o ideológicas se absorbe al todo como el fomento de nuevos mercados con necesidades especificas bien diferenciadas del resto.
Así, se puede pensar por ejemplo un mercado especifico para el "típico" pseudo-comunista-burgues-antidoping, bien distinto por sus apetencias de un "típico" queer-fashionista-drogui-psuedointelectualoide o de un internauta-neogrunge-postflogger.
Así como al principio las diferencias tan marcadas entre lo femenino y lo masculino crearon el mercado prenatal de lo rosado y lo celeste que acarrea tras de sí roles bastante específicos que poco tienen que ver con la libertad de acción y decisión que el metarelato de la maquinaria neoliberal pregona con tanto convencimiento.
En otras palabras el mundo es un mercado donde un ser cualquiera se ve obligado a renunciar ciertas libertades individuales para volverse articulo de necesidad, ciertas posturas muy nuestras no lucirían atractivas en nuestro perfil de facebook, algunas fotos nos harían menos interesantes para los posibles interesados. Nos vemos obligados a pensar un marketing personal, pensar en posibles mercados a los cuales abrirnos como personas, las relaciones humanas dejaron de ser organicas para convertirse en puramente virtuales, creamos imágenes irreales que no se corresponde con nuestra realidad y eso crea una crisis de identidad, un verdadero desdoblamiento del yo y el superyo.
Queremos ser la chica de 90-60-90 que aparece en nuestro perfil, adinerada y caprichosa como una Paris Hilton cualquiera y despreciamos a la sensible e inocente Bridget Jones de 80 kilos que se pasa twitteando frente a la luz mortecina de su monitor un sábado a las 3am. A no sentirse despreciada, ya esta la campaña destinada para las psuedobulímicas-antisociales-proana que abundan en los chats de medianoche.
De modo que el mercado se abona de ismos, se riega con insatisfacción ante nuestra imagen y se aprovecha de los vacíos dejados por antiguas necesidades, quizás, también inventadas.
Y nosotros, tan inocentes y sobreestimulados de información que adormece la tan humana capacidad de asombro ante un atardecer en el campo, ya solo queremos ese atardecer que nos ofrecen en Punta Cana por cómodas cuotitas mensuales.

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