sábado, 4 de junio de 2011

Mujer: musa y poeta.

Los poetas siempre se sintieron inspirados por las mujeres, aquellas que despiertan pasiones en ellos, a quienes recitan sus loas, las inmortalizan en papel aludiendo a sus belleza, su amplia dimensión espiritual, su dulzura, la suavidad en sus gestos y ademanes.
La mujer amante, la esposa devota, la madre abnegada, la abuela cariñosa e incluso la niña virginal han sido musas inspiradoras del quehacer humano: la poiesis de los griegos.
Esa producción, esa creación artística es el medio por el cual la musa plasma su mensaje; una musa comprometida es una pequeñas dictadora que nos conduce hasta los límites con el afán de expandirlos. Una musa distante puede parecer apática y al darnos la espalda se convierte en la excusa perfecta, la razón de nuestras falencias, sobre ella se proyectan los estereotipos de pasividad femenina.
La poiesis, éste quehacer creativo se ha visto restringido históricamente, en mayor y menor medida, al ámbito masculino. Así mismo, a la poesía femenina no siempre se la tiene en cuenta, es en ocasiones censurada o rebajada hasta lo mundano, irrelevante o nimio. Se espera que una mujer produzca cierto tipo de poesía, que prefiera ciertos tópicos simplemente por haber sido recluida en el pequeño universo rutinario del claustro religioso o doméstico.
Afortunadamente, esta situación se ha revertido en la mayoría de los casos. Somos libres de acceder a la educación y nos aseguran igualdad de condiciones. Claro está que aun subsiste aquel punto de vista retrógrado y reduccionista que comprende lo femenino como únicamente válido en lo biológico. El conocido intercambio de matrices entre voluntades patriarcales.
Me gusta pensar que la figura del poeta, cualquiera sea su género, esta asociada a la del extranjero analista de costumbres y creencias del espacio-tiempo que habita por no serle propias.
Las mujeres ejercemos ese doble rol de musa y poeta, la creación del poema es un desglose de intenciones, es la entrega al arrebato, un intento por fotografiar la atmósfera que forja nuestro sentir, se hace un mayor esfuerzo por ese desembarazarse del ego impuesto y los lugares comunes.
Evocar la infancia como paraíso perdido, lleno de expectativas y posibilidades, entregarse a la obsesión por lo inasible, para rodear con palabras lo inenarrable. Así, la vida se convierte en un rito, en una ceremonia demasiado pura como diría Pizarnik, recorrer todos los callejones sin salida para convencerse que éste es el único camino, aquel abajamiento ceremonial, ese viaje es la poesía.

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