domingo, 13 de agosto de 2017

Agonía, agonía, agonía de la gran antagonista: Serafina Dávalos.

La palabra agonía viene del griego agón, lucha. La lucha es algo común en todo organismo vivo, cada ser lucha por subsistir en un medio que le es hostil. Nuestra especie no es la excepción. 
Somos el resultado de miles de años de evolución como seres biológicos pero también desarrollamos una naturaleza psicológica, la conciencia de ser en el mundo, el sabernos vivos y capaces de experimentar las infinitas posibilidades de la existencia a veces vemos reducido este ser que todo lo puede a razón de su dimensión social, la naturaleza gregaria reduce las infinitas posibilidades dando a nuestra experiencia un horizonte pero, también, cierta verticalidad que nos hace chocar con los límites impuestos por el código social.
En ese sentido, lo social es un gran antagonista del individuo, dependiendo del metarrelato que maneja tiende a reprimir ciertas conductas y premiar otras, excluyendo a los individuos que realizan actividades que no se condicen con dicho relato. 
El primer circulo social represivo es la familia, la portadora del relato que será trasmitido a la nueva conciencia, reprimiendo la mayoría de los instintos y conductas que impidan nuestra adecuada socialización. Esta socialización responde a una serie de roles que van imponiendo al individuo de acuerdo a ciertas características o rasgos pero también dependen del sexo, la clase social, la nacionalidad, afiliaciones políticas o religiosas, etc.
En medio de tanta represión todavía hay quienes sobresalen y tratan de buscar su propia versión de utopía personal, en este caso quiero referir a cierto personaje histórico bastante inusual pero necesario por estas latitudes como fue Serafina Dávalos. 
Una mujer agónica en varios sentidos, incansable en su lucha contra la hostilidad del medio donde se desarrolló su genio. En ella se encarnaron las grandes luchas que implicaban el hacerse mujer a principios del siglo pasado, sobreponiéndose gracias a su intelecto a las limitaciones de su origen "humilde", la educación, que era algo bastante lejano en el universo femenino de principios del siglo XX, fue para ella el principio de su emancipación. 
Luchó contra la represión a su sexo desde el pensamiento hasta convertirse en la primera abogada del Paraguay en 1907, con una tesis donde cuestionaba las razones de la sumisión femenina al poder patriarcal y al aparato represor del Estado, abogando por la educación emancipadora y un mejor trato general para sus congéneres especialmente las casadas, quienes se encontraban aún más limitadas por dicha condición.
Su ritual emancipador sentó precedentes para la emancipación de muchas otras quienes, escondidas en lúgubres casonas o ranchos veían su vida perderse en la inmanencia de lo doméstico, limitadas a reproducir, cuidar y asear a los futuros hombres de derecho que moverían los hilos de la patria sin tener ellas mucho que decir al respecto.
"La esclavitud de la mujer no es natural", sino que tiene "su razón de ser en la aplicación brutal de la ley del más fuerte, así como la esclavitud masculina se debía a la misma causa". El hombre, dice Serafina, "solo ve y quiere ver en la mujer un instrumento de placer, por cuya razón atrofia todas las facultades superiores de su alma por la falta de cultivo; la instrucción que hace dar a las niñas es estudiadamente superficial, casi todo se reduce a una prédica rabiosa de la legitimidad de la servidumbre femenina y una mayor exageración de sus tendencias voluptuosas"
Ella sabía que el hombre no era sinónimo de humanidad, como ciertas personas sostienen sin analizar medio segundo el origen de ese discurso que quiere igualar ser humano a ser hombre excluyendo otras realidades, ser hombre y humano también tiene restricción de "raza" y credo. Tampoco cualquier hombre por ser hombre es el prototipo de hombre al que refieren cuando quieren hablar de lo humano pero ese es otro tema bastante extenso.
Volviendo a la educación emancipadora, Serafina refiere a la educación impartida a las mujeres como "estudiadamente superficial" por tanto reproductora de dependencias varias e insalvables que el poder patriarcal utilizaba para justificar la posición de mujer sierva del Estado, madre de soldados, políticos y clérigos, objeto de placer que, por tanto, no debía cuestionar su servidumbre ni opinar sobre las cosas más allá del universo doméstico. 
Esta educación para la sumisión que era y hasta cierto punto sigue siendo impartida a las mujeres es el punto de apoyo para la desigualdad jurídica y política. Hasta ahora se quiere jugar con la idea de que una mujer pensante es una ocurrencia extraña, se nos pretende infantilizar para desmeritar la disidencia.
 Con respecto a estas limitaciones Serafina es tajante: "el motivo capital para tener en cuenta la personalidad política de la mujer en los países democráticos reside en la esencia misma de la democracia (...) porque habiendo exclusión de las mujeres, de hecho se convierte en una oligarquía de hombres en menoscabo de la justicia, de la igualdad y de la libertad".
En sus ideas podemos casi imaginar la agonía de un espíritu demasiado libre para sus circunstancias, la angustia de las mujeres del campo pariendo y alimentando generaciones enteras pero prisioneras de su sexo y su clase social, la angustia de quien, sabiéndose inteligente e incluso brillante, es considerada inferior política y socialmente al hombre más borracho, holgazán o iletrado del país. 
Puedo imaginar a Serafina devorándose libros enteros como si su salvación dependiera de ello, flagelándose en un cuartito pequeño en Ajos con los roles que quisieron imponerle, disfrutando el fruto de su trabajo pero con un sabor amargo en el fondo de sus pequeñas conquistas personales, que se tradujeron en grandes conquistas sociales.
Codeándose con intelectuales, intercambiando ideas, promoviendo sus ideas en la escuela que ella misma fundó, luchando por brindar a otras mujeres las herramientas emancipadoras por las que lucho para sí con fervor.
Agonizando de amor y soledad, luego de tantos logros, verse reducida a un cuerpo vulnerable, en su dimensión más humana y temerosa, corroída por la enfermedad y malnutrición, aislada y, quizás, maltratada por su pareja sentimental, por la única persona que creyó la comprendía.
Poco y nada sabemos sobre sus luchas más personales pero podemos hacernos una idea a través de sus textos como sufrió su lucha encarnizada desde el vientre a la tumba. No doblegándose ante las circunstancias. Atravesando toda la dimensión humana.
Escribo esto sin saber nada o casi nada sobre ella, su vida y su lucha. Apropiándome del símbolo, abrazada a la bandera de la agonía, para luchar porque suenen varias voces, las voces de las reprimidas, de las "ridículas", de las silenciadas. La voz de la razón que nos negaron, de ser, también, nosotras humanas.

martes, 18 de julio de 2017

La muerte del poeta


"Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué los poetas mienten demasiado? - Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo crees?"

La fe en la poesía nos salva de la muerte pero los poetas mueren en hospicios de soledad, los poetas mueren clavados en la cruz de sus palabras. 

"La fe no me hace bienaventurado, dijo, y mucho menos, la fe en mí."

Mas al poeta no le salva su fe ni la fe que otros tengan en él, el poeta es el mártir de su poema, arde en la pira de su pasión. No cree en sus palabras aunque las vive, las bebe, sorbe cada suspiro hasta quedar atrapado en el centro del laberinto y saberse Minotauro.

Su fe es su camino de perdición, su fe es inmolarse como maestro zen, protestando por un mundo que lo ha decepcionado y que, desesperadamente, necesita esa inmolación. 

El poeta no es feliz creando, escribir es meditar, tratar de librarse del caos o entregarse a él. El poeta escribe porque no le queda de otra, escribir es su tabla de salvación en un mar de caos sensorial. Con suerte escribe sobre lo que sabe, con suerte llega a la frontera de lo inefable. Con suerte encontramos en sus palabras un mapa, una hoja de ruta hacia los oscuros y recónditos deseos humanos. Medio camino a la locura.

"¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible
se ha hecho en ellas"

A veces es necesario mentir para decir la verdad, mi realidad puede ser un corolario de toda la experiencia humana. Los poemas son los destilados que embriagan los sentidos pero en exceso enferman el ánimo. Uno ebrio de poesía ajena puede cometer atrocidades pero uno que bebió su propio veneno destilado se convierte en juguete del poema. 

Existe una responsabilidad, de la que pocos hablan, cuando la experiencia se refuerza en palabras, cuando cobra vida propia y en su ficción se hace más real que la experiencia que la inspiró. La responsabilidad de crear esos mundos de palabras hasta ver como esos mundos van destituyendo su origen y se convierten en tangible realidad.

Quizás, la gran verdad detrás de las grandes obras es que uno va dejando el alma en las palabras y éstas cobran vida en la misma medida en que uno la va perdiendo.
Así, mentimos para vivir para siempre dentro de un poema.