martes, 18 de julio de 2017

La muerte del poeta


"Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué los poetas mienten demasiado? - Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo crees?"

La fe en la poesía nos salva de la muerte pero los poetas mueren en hospicios de soledad, los poetas mueren clavados en la cruz de sus palabras. 

"La fe no me hace bienaventurado, dijo, y mucho menos, la fe en mí."

Mas al poeta no le salva su fe ni la fe que otros tengan en él, el poeta es el mártir de su poema, arde en la pira de su pasión. No cree en sus palabras aunque las vive, las bebe, sorbe cada suspiro hasta quedar atrapado en el centro del laberinto y saberse Minotauro.

Su fe es su camino de perdición, su fe es inmolarse como maestro zen, protestando por un mundo que lo ha decepcionado y que, desesperadamente, necesita esa inmolación. 

El poeta no es feliz creando, escribir es meditar, tratar de librarse del caos o entregarse a él. El poeta escribe porque no le queda de otra, escribir es su tabla de salvación en un mar de caos sensorial. Con suerte escribe sobre lo que sabe, con suerte llega a la frontera de lo inefable. Con suerte encontramos en sus palabras un mapa, una hoja de ruta hacia los oscuros y recónditos deseos humanos. Medio camino a la locura.

"¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas, y más de una cosa indescriptible
se ha hecho en ellas"

A veces es necesario mentir para decir la verdad, mi realidad puede ser un corolario de toda la experiencia humana. Los poemas son los destilados que embriagan los sentidos pero en exceso enferman el ánimo. Uno ebrio de poesía ajena puede cometer atrocidades pero uno que bebió su propio veneno destilado se convierte en juguete del poema. 

Existe una responsabilidad, de la que pocos hablan, cuando la experiencia se refuerza en palabras, cuando cobra vida propia y en su ficción se hace más real que la experiencia que la inspiró. La responsabilidad de crear esos mundos de palabras hasta ver como esos mundos van destituyendo su origen y se convierten en tangible realidad.

Quizás, la gran verdad detrás de las grandes obras es que uno va dejando el alma en las palabras y éstas cobran vida en la misma medida en que uno la va perdiendo.
Así, mentimos para vivir para siempre dentro de un poema. 

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